Cinco (5) pasos para superar una dificultad
14 septiembre, 2017
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Las relaciones como entrenamiento espiritual

Entrenamiento espiritual, para algunos sonará muy raro, pues nos hemos acostumbrado a asociar espiritualidad con ritos, con religión, y aunque todos los caminos son absolutamente perfectos, yo diría que la espiritualidad es mucho más amplia, mucho más incluyente, en una sola palabra, universal.

Para mí espiritualidad es ese reconocimiento de ser parte de Dios y sabernos unidos a El y a todos nuestros hermanos, espiritualidad es aprender cada día a ser felices, a vivir conscientes de la existencia de esa Fuente de amor infinita que nos sostiene y cuyo propósito para con nosotros es absolutamente perfecto, espiritualidad para mi es vivir despiertos, atentos a las señales que la vida nos ofrece en cada detalle, es ese ejercicio de ser amor y amar incondicionalmente a todos los seres del universo con la certeza de la unidad que somos.

¿Cómo llegar a entender todo esto?

Para cada uno la experiencia es diferente, sin embargo, de acuerdo a lo verificado en mi experiencia y en el relacionamiento con amigos, familiares, consultantes, podría decir que, en la práctica, sucede más o menos así: Vivimos en automático, acelerados, en la lucha diaria, porque en eso se convierte la vida, en una lucha, trabajamos, perseguimos metas, objetivos económicos, personas, dirigidos siempre por esa ansiedad de encontrar aquello que nos hará felices.

Nos relacionamos desde la ignorancia, entendida ésta como el estado en el que sufrimos y desde donde nuestros resultados son contrarios a lo deseado, obteniendo, a pesar de todo el esfuerzo, una sensación de insatisfacción total, allí los demás son verdugos, culpables, nos movemos en ese mundo dual en el que prevalece el victimismo, el ataque, en el que buscamos llenar nuestros vacíos como vampiros intentando sacar provecho de los otros, exigiendo tiempo, comportamientos a nuestro acomodo, creyendo que así lograremos la tan anhelada felicidad.

Fluctuamos cíclicamente entonces entre el “amor” y el odio, entre el placer y el dolor, viviendo relaciones dramáticas que como una droga nos hacen adictos a este estado por demás de absoluta infelicidad, que no es mas que el reflejo de nuestro propio miedo, pues al creer que el otro es nuestra tabla de salvación, sólo podemos sentir miedo, si se va, con el se va nuestra felicidad, como es imposible que el amor y el miedo cohabiten, entonces allí no hay armonía, no hay paz, no hay amor, sólo hay manipulación, celos, egoísmo, dar en exceso para luego reclamar y ejercer el tan acostumbrado chantaje emocional, toda una novela donde se escuchan frases como:

– ¡Me haces sufrir mucho!
– ¡Y yo que te he entregado mis mejores años!
– Si me amas, demuéstramelo.
– Si cambiaras esto o aquello, podríamos ser felices…
– No me consideras
– ¡Nadie te ha amado como yo!
– ¡Así me pagas todo el amor que te he dado!

Y así, una cantidad infinita de expresiones que sólo son el reflejo de nuestros vacíos, miedos, carencias, nuestra falta de amor propio y la ausencia total de la práctica consciente de la espiritualidad en nuestras vidas.

¿Cómo saber que estás preparado para comenzar a entrenar?

Llega entonces ese día en el que, cansados de sufrir y buscar la felicidad en nuestras relaciones con los demás, decidimos mirar hacia nosotros mismos, y si nos corresponde, si es el momento, mágicamente se empiezan a alinear una serie de sucesos, personas, señales, que van tomándote de la mano hacia donde la vida en su infinita sabiduría desea que estés; no en vano un proverbio Zen reza: “Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”, y si bien todos iniciamos con un maestro, también es cierto que el universo “conspira”, o simplemente entramos en esa frecuencia en la que atraemos todo lo necesario para el encuentro con el gran maestro: nosotros mismos…

Es en ese momento cuando se inicia un camino en el que cada experiencia se transforma en una enseñanza y cada relación en el reconocimiento del otro como ese espejo que nos refleja todo aquello que no podemos ver solos, así vamos entrenándonos, creciendo, aprendiendo, recordando que somos en esencia, el más puro amor, ese que es tan inmenso que se desborda, que no se puede objetivizar, pues descubres que es lo que eres, ya no hay vacío, se va la necesidad, y cada relación se convierte en una práctica espiritual.

Es entonces cuando tengo la capacidad de recibir al otro como es, sin intentar cambiarlo, soltando la costumbre absurda de discutir por todo, de argumentar, de ofenderte, de vivir en el enfrentamiento y la reconciliación, dejando a un lado la necesidad de tener la razón, viviendo las relaciones desde ese dar que inevitablemente recibe, sin exigir nada, sólo siendo tu mejor versión, entendiendo que continúas en aprendizaje y por tanto, cometes errores, te caes, te levantas, te llenas de más amor y te aceptas, aceptas al otro, lo valoras, agradeces su presencia en tu vida, lo abrazas desde la comprensión de quien reconoce que el está ahí para ayudarte a ser consciente de ti, para contribuir con tu propósito más elevado, tu evolución, no es, ni está para hacerte feliz, pues ya a estas alturas habrás comprendido que hacerte feliz solo te corresponde a ti.

María del Mar Ríos.

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